Se cumplen 40 años del proyecto de trasladar la Capital Nacional a la Patagonia

La noche del 15 de abril de 1986, el entonces presidente Raúl Alfonsín sorprendió al país con un anuncio inesperado: el traslado de la Capital Federal a Viedma, una ciudad patagónica de apenas 30 mil habitantes ubicada en Río Negro. El mensaje fue transmitido por cadena nacional y presentado como una apuesta estratégica para construir “una nueva república” y romper con la histórica concentración política y económica en Buenos Aires

El proyecto surgía en un momento de fortaleza política del gobierno radical, impulsado por el éxito inicial del Plan Austral y la reciente victoria electoral de la Unión Cívica Radical. En secreto, Alfonsín ya había mantenido reuniones con el gobernador rionegrino Osvaldo Álvarez Guerrero y con el mandatario bonaerense Alejandro Armendáriz para avanzar en la iniciativa.

“Hacia el sur, hacia el mar y hacia el frío”, sintetizó el presidente al presentar una propuesta que buscaba descentralizar el poder y modificar la histórica “macrocefalia” argentina, marcada por el predominio del Área Metropolitana de Buenos Aires sobre el resto del país.

El objetivo: descentralizar el país

Para distintos historiadores y especialistas, el traslado apuntaba a redefinir el equilibrio territorial argentino. La idea era reducir el peso político y económico del AMBA y promover el desarrollo de regiones relegadas, especialmente la Patagonia, una zona que además aparecía como estratégica tras la Guerra de Malvinas y el conflicto del Beagle con Chile.

Los investigadores del Conicet Luján Menazzi y Guillermo Jajamovich analizaron el proyecto y destacaron que el gobierno vinculaba el centralismo porteño con prácticas autoritarias y veía en la Patagonia una oportunidad para construir un nuevo modelo de país.

A diferencia de Brasilia, la monumental capital planificada de Brasil, el alfonsinismo imaginaba una ciudad administrativa de escala media, austera y sustentable. La nueva capital debía evitar los problemas atribuidos a Buenos Aires: contaminación, concentración urbana y expansión industrial descontrolada.

Las proyecciones incluían tranvías, cinturones verdes y una planificación urbana que privilegiaba la cercanía comunitaria. Alfonsín incluso hablaba de una ciudad “donde la gente conociera el color de ojos de sus vecinos”.

El rol del ENTECAP y las modificaciones

Para llevar adelante la iniciativa se creó el Ente para la Construcción de la Nueva Capital (ENTECAP), organismo encargado de diseñar y justificar técnicamente el traslado, que finalmente obtuvo respaldo legislativo entre 1986 y 1987.

Sin embargo, el proyecto fue cambiando sobre la marcha. Inicialmente se pensó solo en Viedma, pero luego los técnicos recomendaron incorporar también a Carmen de Patagones para integrar ambas márgenes del río Negro.

También se modificaron los planes urbanísticos: primero se creyó que bastaría con adaptar la ciudad existente, aunque más tarde se concluyó que era necesario construir nuevos edificios administrativos y un centro cívico específico para albergar las funciones de capital.

Por qué fracasó

El ambicioso plan terminó abandonado pocos años después, en medio de la crisis económica que atravesó el final del gobierno radical.

Las razones fueron múltiples. Por un lado, el traslado requería inversiones millonarias en infraestructura en un contexto de inflación creciente y deterioro fiscal. A eso se sumaron los levantamientos carapintadas, los conflictos sindicales y la pérdida de capacidad política del gobierno para impulsar reformas estructurales.

También existió una fuerte resistencia de sectores económicos ligados a Buenos Aires, donde ya se concentraban las principales redes empresariales, financieras y mediáticas del país.

Incluso Gonzalo Álvarez Guerrero, hijo del entonces gobernador de Río Negro, definió años más tarde al proyecto como “un poco delirante”, al considerar que pretendía trasladar una capital entera con recursos limitados y más impulso ideológico que viabilidad concreta.

¿Mudar una capital resuelve desigualdades?

A cuarenta años del anuncio, el debate sigue abierto. Especialistas en urbanismo y planificación territorial coinciden en que la Argentina mantiene un federalismo profundamente desigual, pero dudan de que mudar la capital sea suficiente para revertirlo.

El urbanista Fabio Quetglas sostiene que el problema excede la ubicación de la capital y responde a décadas de concentración económica y productiva en torno a Buenos Aires.

En la misma línea, la investigadora Mariana Schweitzer explica que las desigualdades territoriales argentinas tienen raíces históricas vinculadas al modelo agroexportador y luego a la concentración industrial y de infraestructura en las grandes ciudades.

La experiencia internacional tampoco ofrece demasiados éxitos. Países como Brasil, Nigeria, Kazajistán o Myanmar construyeron nuevas capitales planificadas para descentralizar el poder, aunque las antiguas metrópolis continuaron concentrando la actividad económica, cultural y empresarial.

El legado de una idea inconclusa

El proyecto de Viedma quedó como uno de los intentos más audaces de reorganización territorial de la historia argentina reciente. Más allá de su fracaso, dejó planteada una discusión que sigue vigente: cómo construir un país menos centralizado y con mayor equilibrio federal.

Cuatro décadas después, la experiencia parece mostrar que ninguna mudanza simbólica alcanza sin políticas sostenidas de desarrollo, inversión y consenso político de largo plazo capaces de transformar verdaderamente el mapa económico argentino.

Fuente: cenital.com – Federico Poore


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