¿Hacia dónde drena la IA nuestras aguas?
Por Florencia Otarola

Escribo desde el Sur. A orillas del Nahuel Huapi y bajo los coihues que se alzan hasta 40 metros sobre mí, el vaivén de sus hojas rugosas me recuerda —y sentencia—: el devenir nunca fue una línea recta. Fue pulso, ritmo, temporalidad de cuenca, camino de glaciares.
Recientemente, los centros de datos volvieron al centro de la escena en Argentina. El 1 de marzo de 2026, Javier Milei abrió las sesiones legislativas y definió los datacenters en la Patagonia como industria estratégica.
Hace un tiempo, en octubre de 2025, OpenAI y Sur Energy ya habían firmado una carta de intención para construir Stargate Argentina: un mega datacenter entre Añelo y Arroyito, en la Provincia del Neuquén.
Y todo esto sucede mientras se intenta reformar la Ley de Glaciares —la norma que desde 2010 protege las reservas estratégicas de agua dulce del país— para transferir a las provincias la potestad de decidir qué se protege y qué se explota. Las mineras necesitan el permiso, y los datacenters necesitan el agua.
Ver a la Patagonia convertida —otra vez— en escenario de megaproyectos globales reactiva una mirada persistente sobre este territorio, a través de la cual su geografía se concibe como reserva disponible, como espacio a ordenar, y no, como tejido vivo.
La narrativa oficial nos invita a celebrar bajo el paraguas del RIGI lo que promete posicionar a la Argentina como líder regional y, sin embargo, hay una pregunta elemental: si la garantía es que habrá agua para enfriar servidores, ¿qué pasará con quienes viven de esos mismos caudales? ¿Qué pasará con las actividades productivas, con las cuencas ya tensadas, con los territorios donde el agua define la vida?
Ya se escribieron análisis urgentes sobre el impacto hídrico y energético de estos megaproyectos. Pero hay otra dimensión menos explorada: la pregunta por el sentido. ¿Para qué, para quiénes y desde dónde se construye infraestructura de IA en América Latina?
La soberanía tecnológica se juega en al menos tres niveles. Dónde está la infraestructura — y qué recursos exige. Quién la opera — y a qué intereses responde. Y quién fabrica los componentes críticos que la hacen posible. En los tres, hoy, dependemos de decisiones que se toman a miles de kilómetros.
Atraer centros de datos no garantiza desarrollo local, ni transferencia de tecnología, ni mejora laboral, ni soberanía sobre los datos.
Algo queda claro con este proyecto: la IA no es abstracta; necesita agua, energía y territorios. Y aquí, donde un verano seco basta para encubrir los negocios inmobiliarios que incendian nuestras montañas, esa materialidad, nuestros comunes, importa. Y creo que eso la convierte en un nuevo capítulo del extractivismo.
El costo ambiental queda acá, y la ganancia se exporta. No es casual que estas infraestructuras se instalen donde el Estado retrocede y la regulación ambiental se debilita. No es casual su habilitación mediante regímenes como el RIGI.
No alcanza con alojar infraestructura si no participamos del diseño y del propósito. Si la IA queda en pocas manos, también lo hace su poder — y disputarlo no es solo un dilema técnico: es político, comunitario, territorial.
Sin regulación, sin políticas públicas que conecten con lo que pasa en los territorios, estas decisiones se toman igual — pero sin nosotros. ¿Cuántas veces más vamos a enterarnos cuando ya está firmado?
Desde Lawal trabajamos con IA todos los días. Sabemos lo que estas herramientas permiten. Y justamente por eso sabemos que no podemos desentendernos de cómo se sostienen.
¿Podemos construir infraestructuras que no repitan la historia del despojo, sino que potencien la autonomía colectiva? Creemos que sí. Y que es el momento, y para ello son necesarias las articulaciones con el sector, con la comunidad, alianzas que permitan proponer marcos regulatorios e infraestructuras con gobernanza local.
La reforma de la Ley de Glaciares avanza. Cada paso despeja el camino para que el agua deje de ser bien común y se convierta en insumo. Desde el cooperativismo tecnológico elegimos estar del lado del territorio. Una pregunta queda abierta, como un cauce que busca su destino: ¿qué rol vamos a jugar desde el Sur en esta disputa?
Fuente lawal.coop
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