Córdoba: donde encontrarnos también es una forma de hacer la revolución

fminimos en cordoba

Por, Georgina de la Rosa, investigadora doctoral de la Universidad de Barcelona, pasante del Observatorio de Comunicación, Estudios de Género y Movimientos Feministas de la FPyCS – UNLP

Crónica desde el 39.º Encuentro Plurinacional de Mujeres y Diversidades de Argentina, 2026.

Hay encuentros a los que una llega con preguntas y de los que sale con muchas más, pero también con la certeza de que no estamos solas. Llegué a Córdoba por mi investigación doctoral en la Universidad de Barcelona, que estudia la incidencia de los movimientos feministas en la formulación de políticas públicas del sector audiovisual en Argentina, España y México entre 2020 y 2024. Mi tesis se pregunta por las demandas, las alianzas, las estrategias y las relaciones que estos movimientos tejen con las instituciones, y por cómo algunas de esas reivindicaciones logran convertirse en normas, programas o presupuestos. Aun así, no imaginaba hasta qué punto este encuentro me recordaría que detrás de cada demanda y cada disputa institucional hay mujeres organizándose para transformar sus vidas.

Llegué también como mujer mexicana, oaxaqueña, que un día decidió migrar a otro país huyendo de los feminicidios. Esa decisión atraviesa mi forma de mirar, de escuchar y de escribir. En México aprendimos a contar a nuestras muertas, a buscar a las desaparecidas y a sostener la rabia frente a la impunidad. Irme fue una manera de seguir viva, pero nunca de dejar de mirar hacia allá. Por eso Córdoba significó para mí un cambio de paradigma. 

Ver a miles de mujeres y diversidades ocupando una ciudad durante tres días, debatiendo en talleres y asambleas, marchando juntas y cuidándose entre sí me mostró que el miedo que me hizo partir no tiene por qué ser el único horizonte posible. Que la organización puede abrir otras formas de habitar el espacio público y que la seguridad, también, se construye en colectivo.

Nada de esto habría sido posible sin los intercambios académicos que permiten que una investigación salga del escritorio. Mi estancia con el Observatorio de Comunicación, Estudios de Género y Movimientos Feministas de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata me abrió las puertas a otras experiencias de organización y a una forma de hacer academia profundamente ligada a los territorios. Que esto suceda en una universidad pública no es un detalle. La educación pública es la que hace posible que el conocimiento circule entre aulas, organizaciones y calles, y que trayectorias como la mía, atravesadas por la migración, encuentren un lugar. El trabajo del Observatorio es crucial para sostener esos lazos de lucha, porque entiende que investigar los feminismos implica también acompañarlos.

La academia no debería separarse de estos espacios. Cuando participamos en ellos como parte y no como observadoras distantes, cambian las preguntas, cambian los métodos y cambia lo que reconocemos como conocimiento. Quizá una de las tareas pendientes de nuestras universidades sea dejarse transformar por los saberes que se producen fuera de ellas.

Córdoba me permitió mirar mi tesis desde otro lugar. Estudiar las demandas, alianzas, estrategias y relaciones institucionales es necesario, pero escuchar a las mujeres que sostienen estas luchas me recordó que detrás de cada reivindicación que llega a la agenda pública hay años de organización, insistencia y trabajo colectivo. 

Los Encuentros, con casi cuatro décadas de historia, son uno de esos lugares donde las demandas se gestan mucho antes de llegar a una ley o a una convocatoria de fomento. Pensar Argentina dentro de mi comparación pasa justamente por ahí: por entender cómo un movimiento logra sostener sus demandas en el tiempo y llevarlas a la agenda pública, y qué nos dice eso sobre lo que ocurre en España y México. En el sector audiovisual, disputar políticas significa cuestionar quién puede contar historias, quién accede a los recursos y qué voces siguen quedando fuera de las pantallas. Y esas transformaciones no surgen espontáneamente: son el resultado de la presión, la persistencia y la capacidad de incidencia de los movimientos feministas.

Durante tres días, Córdoba se convirtió en un espacio de esperanza donde otros mundos se hicieron posibles. Llegaron mujeres de territorios, edades y realidades distintas, pero había dolores que nos atravesaban: la precariedad económica, las violencias, la indiferencia institucional y el hartazgo de seguir exigiendo derechos mientras nos siguen matando. Pero no llegamos únicamente con nuestras heridas, llegamos con la fuerza de quienes han decidido transformar la indignación en organización, la memoria en lucha y la rabia en una apuesta colectiva por cambiarlo todo.

En medio de las conversaciones, Cristina, una de las compañeras con quienes compartí el taller, dijo una frase que todavía me acompaña: “La única revolución que sucedió en cuarenta años fue por las mujeres”. Sus palabras me hicieron pensar en la historia argentina, en las luchas por la memoria y la justicia, y en la fuerza de los feminismos para transformar aquello que parecía inamovible. También me llevaron a preguntarme qué ocurre cuando quienes históricamente han sido relegadas de las decisiones colectivas se organizan, toman la palabra y disputan el poder. Quizá ahí comienzan las revoluciones, no necesariamente donde se escriben las leyes, sino en una asamblea, en una reunión barrial o cuando una mujer descubre que aquello que creía un problema individual es, en realidad, una injusticia compartida.

Y también comienzan en las calles. Marchar es poner el cuerpo, ocupar el espacio público y convertir nuestras voces en una presencia que no puede ignorarse. Es gritar juntas consignas como “Somos las nietas de las brujas que no pudieron quemar” y recordar que seguimos aquí, desafiando los mandatos que históricamente han intentado disciplinar nuestros cuerpos, deseos y decisiones. Frente a las políticas autoritarias, las lógicas capitalistas que profundizan las desigualdades y las formas de poder que deciden qué vidas merecen protección y cuáles quedan expuestas a la violencia, salir a marchar es también disputar el sentido de la democracia. No es solo caminar por las calles: es afirmar que nuestras vidas importan y que no aceptamos un mundo construido sobre nuestra exclusión.

Hay historias que hacen todavía más evidente por qué la memoria no puede convertirse en una consigna vacía. En el taller, Tana nos confió la historia de su hija, que le fue arrebatada durante la dictadura. Nos dijo que sabe que está viva porque “aún la huelo y la escucho llorar”. Escucharla fue comprender que la memoria no pertenece únicamente al pasado, que es una exigencia política del presente. Las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo nos han enseñado que el dolor puede convertirse en lucha colectiva y que nombrar a quienes quisieron borrar es también resistir. Lucía, por su parte, en una de las charlas del taller, nos invitó a mirarnos hacia dentro cuando dijo: “No podemos ser productoras del patriarcado”. Fue un recordatorio de que la transformación también exige revisar las jerarquías que reproducimos, incluso en nuestros propios espacios.

En Córdoba confluyeron distintas generaciones, mujeres jóvenes y mayores que, desde sus experiencias, tejieron redes comunicativas y políticas. La memoria se transmite, las diferencias se discuten y la militancia encuentra nuevas formas de continuar. Ahí reside una parte de la potencia de estos encuentros: en la posibilidad de construir democracia desde la horizontalidad, habitar la palabra y disputar poder real, sin que las diferencias se conviertan en una razón para dejar de caminar juntas.

Por eso la investigación deja de ser únicamente una tarea de observación y se vuelve una oportunidad para comprender cómo se construyen las demandas desde los territorios y cómo persisten incluso cuando desaparece la atención pública.

¿Cómo llevar esta fuerza a México y España? No se trata de copiar la experiencia argentina ni de fingir que nuestros contextos son iguales. Se trata de aprender unas de otras, compartir estrategias y construir alianzas desde nuestras diferencias. Las experiencias comunitarias de Oaxaca, las asociaciones feministas del sector audiovisual español y las trayectorias de organización argentinas pueden alimentar un diálogo sostenido entre territorios. Pensarnos como unidad no significa hablar con una sola voz, sino reconocernos en nuestras luchas sin borrar aquello que nos hace distintas.

Me voy de Córdoba con preguntas para mi investigación, pero también con una certeza: seguimos construyendo la posibilidad de una vida donde la ternura, el cuidado y la empatía sean formas de resistencia. La lucha feminista también se hace desde los afectos, desde el orgullo de nuestras raíces y desde la libertad de vivir y amar sin miedo. Porque encontrarnos, reconocernos y no soltarnos las manos es una forma de defender la vida frente a todo aquello que pretende separarnos.

Y entonces, en el aquelarre, bailamos juntas. Nos reconocemos en los cuerpos, en las voces y en las historias que traemos de nuestros territorios. Bailamos porque la alegría también es nuestra, porque el placer no está reñido con la lucha y porque no hemos venido al mundo solamente a sobrevivir a las violencias, sino a construir vidas dignas de ser vividas.

Juntas somos memoria, rebeldía y revolución feminista. Y, mientras sigamos encontrándonos, habrá otros mundos por bailar, imaginar y construir.

Fuente: www.perio.unlp.edu.ar

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