Galperin contra los jubilados: el peor rostro de la élite argentina
La burla de Marcos Galperin a una jubilada que no puede comprar alimentos y medicamentos expuso mucho más que un exabrupto en redes sociales. El episodio volvió a poner en discusión el papel de las élites económicas argentinas y su relación con una sociedad cada vez más empobrecida. Detrás del discurso del mérito individual aparece un empresario poderoso que construyó su fortuna en un país lleno de beneficios estatales para el sector privado, pero que desprecia a quienes quedan del otro lado del ajuste

El fundador de Mercado Libre, considerado el segundo hombre más rico del país, se burló de la situación de una jubilada que explicaba que no le alcanza el dinero para vivir. Luego intentó justificar sus comentarios con argumentos sobre el sistema previsional argentino que terminaron exhibiendo desconocimiento sobre el propio funcionamiento del esquema de financiamiento jubilatorio.
Más allá de la polémica puntual, la intervención de Galperin permite abrir una discusión más profunda: la calidad de las élites argentinas y su responsabilidad histórica en las dificultades estructurales del desarrollo nacional.
Durante décadas, las élites económicas argentinas construyeron su identidad mirando hacia afuera. Primero fue Reino Unido y luego Estados Unidos el modelo a imitar. Desde esa lógica, el éxito siempre aparece asociado a experiencias extranjeras, mientras el fracaso argentino es interpretado como un problema ajeno a las propias clases dominantes.
El economista Aldo Ferrer definió esa carencia con el concepto de “densidad nacional”: la capacidad de una sociedad de construir liderazgos comprometidos con estrategias de desarrollo apoyadas en los recursos, la producción y la integración del propio país. Para Ferrer, una de las debilidades argentinas fue justamente la ausencia de élites comprometidas con un proyecto nacional.
Esa mirada aparece también en los trabajos del economista Hugo Notcheff, quien describió a la élite económica local como un grupo orientado a la búsqueda de rentas y privilegios antes que a la inversión productiva de largo plazo. Según Notcheff, las élites argentinas presentan dos rasgos dominantes: la búsqueda sistemática de beneficios extraordinarios y la adaptación permanente a las ventajas que ofrece el contexto internacional.
La reacción de Galperin frente al reclamo de una jubilada sintetiza esa lógica. La persona que no llega a fin de mes aparece reducida a un problema económico o a un obstáculo para el ajuste fiscal, y no como alguien que trabajó durante décadas, consumió, pagó impuestos y sostuvo el funcionamiento social y económico del país.
Esa diferencia separa a una élite integrada a un proyecto nacional de una élite puramente extractiva. La primera puede defender sus intereses, pero entiende que su estabilidad depende de una sociedad relativamente cohesionada. La segunda interpreta cualquier demanda social como una amenaza a sus privilegios.
Galperin suele ser presentado como el símbolo del capitalismo argentino moderno: un empresario tecnológico, innovador y exitoso a escala regional. Sin embargo, el problema aparece cuando ese éxito empresarial se transforma en superioridad moral y habilita el desprecio hacia quienes atraviesan situaciones de vulnerabilidad.
Además, el discurso antiestatal del empresario convive con una historia de beneficios públicos y condiciones regulatorias que facilitaron la expansión de su empresa. Como ocurre con gran parte del empresariado argentino, el crecimiento privado nunca estuvo completamente separado de decisiones estatales que generaron condiciones favorables para la acumulación.
Por eso, detrás de la discusión previsional aparece una operación política más profunda: instalar la idea de que los jubilados representan un gasto y no sujetos de derechos. Esa narrativa resulta funcional al modelo económico impulsado por el gobierno de Javier Milei, donde el ajuste sobre sectores vulnerables se presenta como una necesidad inevitable.
La relación entre las élites económicas y el atraso argentino también puede observarse en estudios internacionales. Uno de los más relevantes es el Índice de Calidad de las Élites, elaborado por la Universidad de Saint Gallen. El informe analiza cómo las élites económicas crean o extraen valor dentro de sus sociedades.

Según el reporte de 2025, Argentina cayó del puesto 70 al 86 en el ranking mundial. El estudio concluye que las élites argentinas extraen más valor del que generan, operan con una lógica cortoplacista y muestran baja capacidad para impulsar procesos de desarrollo sostenido.
Dentro de América Latina, Argentina quedó por detrás de Chile, Uruguay, México, Perú, Brasil y Colombia. El informe advierte sobre problemas estructurales como la concentración económica, la captura de rentas y el aumento de la desigualdad.
El tributarista Pablo San Martín, vinculado a esa investigación, definió a la élite argentina como “profundamente depredadora” y enfocada en el beneficio inmediato antes que en la construcción de valor a largo plazo.
La polémica protagonizada por Galperin no fue simplemente un exceso verbal. Funcionó como una radiografía de una parte del poder económico argentino: empresarios capaces de construir grandes fortunas, pero desconectados de las consecuencias sociales del modelo que defienden.
En definitiva, la Argentina tiene empresarios ricos, pero sigue sin consolidar una verdadera burguesía nacional comprometida con el desarrollo, la integración social y la construcción de un proyecto de país.
Fuente: eldestapeweb.com – Alfredo Zaiat
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