La Sequía por Omisión: entre el Enclave Extractivo y la Soberanía Alimentaria

De Entre Ríos a Córdoba, pasando por Santa Fe y el norte de Buenos Aires: cómo la inacción frente a una sequía que ya devora U$S 4.400 millones en el inicio de 2026 acelera el desalojo de los productores familiares, consolidando un modelo de enclave que exporta riqueza mientras el hambre golpea a la población argentina

Por Luciano Schwindt *

Mientras el sol de febrero de 2026 calcina los suelos de Gualeguaychú y Gualeguay, se extiende sin piedad sobre el sur de Santa Fe y el norte de Buenos Aires, y abrasa las tierras de Río Cuarto y Marcos Juárez, las grietas en el suelo se vuelven abismos que no distinguen fronteras provinciales. Ante este escenario, el discurso oficial se refugia en la fatalidad climática. Sin embargo, detrás de cada hectárea marchita y cada productor que se rinde en el corazón de la Región Centro, no solo hay falta de lluvia, sino una arquitectura de omisiones políticas.

La carencia sistemática de seguros multirriesgo, el acceso vedado al riego estratégico y una ley de emergencia que es apenas un respirador artificial, sugieren una verdad incómoda: en el tablero geopolítico actual, la sequía es la herramienta perfecta para una “limpieza de territorio”. La inacción no es negligencia; es la política silenciosa que permite que, mientras el productor familiar se extingue, el capital financiero global herede la soberanía sobre el suelo argentino.

La gravedad de la situación actual no admite eufemismos. Según los últimos relevamientos sectoriales, el impacto de las olas de calor y el déficit hídrico de este verano ya han recortado las proyecciones de cosecha en más de 13 millones de toneladas entre soja y maíz. Esto representa una pérdida directa de ingresos brutos que supera los U$S 4.400 millones respecto a las previsiones de inicio de campaña. De consolidarse la ausencia de precipitaciones durante el resto de febrero, este “quemado” de los cultivos de segunda podría profundizar el desplome en el ingreso de divisas y, lo que es más grave, sentenciar la quiebra masiva de productores de escala media y pequeña que ya han agotado sus reservas financieras. No estamos ante un bache estacional, sino ante un evento sistémico que amenaza con liquidar el capital de trabajo de toda una generación de agricultores regionales.

Esta historia de despojo responde a una lógica de concentración agresiva que está redibujando el mapa de la pampa húmeda. Hace apenas unas décadas, el interior argentino se sostenía sobre una densa red de familias asentadas en chacras mixtas que daban vida a los pueblos y garantizaban la presencia del Estado en el territorio. Hoy, asistimos a una paradoja brutal: producimos diez veces más granos que el siglo pasado, pero lo hacemos vaciando nuestras localidades. Desde una perspectiva geopolítica, Argentina viene mutando hacia un modelo de ‘enclave’: un territorio productivo pero despoblado, donde los límites provinciales pierden sentido frente al avance de un modelo que solo busca extraer recursos. Es como si existiera una frontera invisible: de un lado están las empresas globales que dictan el ritmo de la producción, y del otro, los gobiernos locales que se ven incapaces de intervenir para proteger a su gente. El mercado manda y la autonomía de la provincia pasa a ser un simple dibujo en el papel.

Bajo este esquema, la sequía funciona como un filtro darwiniano que impacta de lleno en el pulmón económico del país. Mientras los grandes pools de siembra y fondos de inversión diversifican riesgos entre provincias y operan con “capital de espera” para absorber campos a precio de remate, el productor local queda expuesto al desalojo económico. El mercado no es un árbitro neutral; es una aspiradora de tierras hacia los sectores con liquidez. Al permitir este proceso, el Estado abandona un principio básico de seguridad nacional: territorio que no se habita, territorio que se pierde.

La crueldad de este modelo se manifiesta en su contradicción más escandalosa: mientras esta dinámica de concentración y exportación récord se consolida en un país capaz de alimentar a cientos de millones de personas, una gran parte de nuestra propia población padece la tragedia del hambre. Es el fracaso ético de un sistema que ha priorizado el flujo de divisas por sobre la seguridad alimentaria de sus habitantes. La desaparición del productor familiar —aquel que tradicionalmente abastecía de alimentos frescos y diversificados a la mesa local— deja el plato de los argentinos a merced de las fluctuaciones de un mercado global que no entiende de necesidades básicas, sino de márgenes de ganancia.

La dimensión geopolítica más crítica reside, entonces, en el manejo de los recursos estratégicos. Nuestra región flota sobre reservas de agua dulce incalculables, pero la falta de una infraestructura hídrica soberana condena al productor a la “lotería del cielo”. Al negar créditos para obras básicas y beneficios para la tecnificación, el Estado permite que nuestra agua sea exportada virtualmente a través de granos producidos por capitales sin bandera. Un productor con riego y seguro es un guardián de la soberanía; un productor quebrado por la sequía es una vacante que el capital transnacional se apresura a llenar.

Este vaciamiento no termina en la tranquera; golpea el corazón comercial de ciudades como Gualeguaychú, Venado Tuerto o Bell Ville. El “efecto campamento” —donde el territorio se usa solo para producir, pero no para vivir— está secando la economía local tanto como el sol seca los sembradíos. En conclusión, la pregunta que quedará flotando no será cuántos milímetros cayeron, sino quiénes controlan nuestro suelo y para qué lo utilizan. No podemos seguir aceptando la “emergencia” como una limosna frente a un proceso de extranjerización y hambre. Si no exigimos hoy una política de arraigo, seguros y riego para la Región Centro, mañana seremos meros espectadores de cómo nuestra identidad nacional se convierte en una planilla de Excel completada en alguna oficina extranjera. El campo no se defiende solo; se defiende con soberanía, porque una nación con tierras fértiles, pero con hijos con hambre en su propio suelo, es una derrota social que todavía estamos a tiempo de revertir.

  • Lic. en Relaciones Internacionales, Analista Geopolítico 

Fuente: politicar.com.ar

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