¿Hijos o perros? los nuevos lazos del individualismo feroz

Perritos (Telam)

Argentina atraviesa transformaciones políticas, económicas y culturales marcadas por el avance de lógicas de ultraderecha que promueven el individualismo extremo y el achicamiento del Estado. En ese contexto emergen datos elocuentes: fuerte caída de la natalidad y de las matrículas escolares, repunte de la mortalidad infantil y crecimiento récord en la tenencia de mascotas.

Según el INDEC, la Tasa Global de Fecundidad ronda 1,4 hijos por mujer —muy por debajo del nivel de reemplazo (2,1)— y en CABA sería aún menor. En paralelo, más del 80% de los hogares convive con al menos una mascota y el mercado “pet” no deja de expandirse. No se trata de fenómenos aislados, sino de síntomas de una crisis más profunda en los lazos sociales y en la confianza en el porvenir.

Desde una lectura psicosocial, cuando el Estado deja de garantizar empleo estable, salud y educación accesibles, se quiebra el pacto que sostenía la idea de “esfuerzo hoy para un mañana mejor”. La incertidumbre se traduce en menos nacimientos —con caídas interanuales de hasta 8% en 2024— y en menos inscripciones en jardines, sobre todo en el sector público. Postergar o renunciar a la maternidad/paternidad aparece así como un acto de protección ante un futuro percibido como hostil.

El dato más grave es el repunte de la mortalidad infantil por causas prevenibles en las regiones más vulnerables, vinculado al deterioro del sistema sanitario y a la pobreza. Allí donde el Estado se retira, las consecuencias recaen sobre los cuerpos más frágiles.

Mientras tanto, las mascotas ocupan un lugar central en los hogares: crece el gasto en alimentos premium, servicios veterinarios y guarderías caninas. Para muchos jóvenes, el perro o el gato es considerado “un hijo”. El vínculo ofrece afecto y compañía sin las exigencias materiales y simbólicas que implica criar a un niño en un contexto de precariedad.

Desde el psicoanálisis, podría leerse como un desplazamiento del deseo: ante la fragilidad de los lazos comunitarios, se invierte energía afectiva en vínculos percibidos como más seguros y controlables. La mascota se convierte en objeto de amor en una sociedad atravesada por el “sálvese quien pueda”.

Sin embargo, no todo es repliegue individual. En los barrios crecen comedores, cooperativas y redes de cuidado que buscan sostener lo común. Estas experiencias muestran que el deseo de comunidad persiste, aun en medio del desmantelamiento institucional.

El contraste es contundente: menos hijos por mujer, más mascotas por hogar y un mercado pet en expansión frente a escuelas que pierden matrícula y hospitales desfinanciados. Más que una simple elección de estilo de vida, el fenómeno refleja una pérdida colectiva de confianza.

La salida no pasa por juzgar decisiones personales, sino por reconstruir condiciones materiales y simbólicas que hagan de la crianza un proyecto posible y compartido. Sin políticas públicas que restituyan esa confianza, la sociedad seguirá refugiando su necesidad de cuidado en vínculos privados, mientras el horizonte común se vuelve cada vez más incierto.

(Resumen de texto de Gabriela Dueñas/Dra. en Psicología/ Lic. en Educación/ Psicopedagoga) publicado en Tiempo Agentino

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